En la historia de las Bellas Artes dos sentidos han predominado: la vista y el oído. La arquitectura, la escultura y la danza aportan aspectos táctiles, dados sus componentes materiales y corporales; sin embargo, incluso en estos casos, el predominio de lo visual es apabullante –al menos desde el punto de vista de los espectadores–. La gran mayoría de las obras de arte son creadas para ser vistas y oídas. No hay bellas artes del tacto, el olfato y el gusto.
Ampliemos la lista de las artes posibles y, más allá de las seis canónicas y de la cinematografía, fijémonos en la perfumería, la gastronomía, la enología, el tejido o la floristería, por mencionar cinco tipos de artes relacionadas con el gusto, el olfato y el tacto. Todas ellas han sido consideradas artes menores (o artesanías) propias de la cultura popular, pero no de la alta cultura; ello se debe al fuerte sesgo cultural a favor de la vista y el oído que ha marginado los otros tres sentidos, pero también al carácter efímero de esas otras sensaciones. Los estímulos táctiles, olfativos y gustativos sólo quedan impresos en el cerebro, no se graban externamente en soportes como el papel, la madera, la piedra, el vinilo, el disco duro o el DVD, como sí sucede en el caso de los estímulos visuales y auditivos.